Un chatbot puede responder en segundos y dejar al ciudadano atrapado durante semanas en el mismo trámite. Esa contradicción resume el riesgo de digitalizar la apariencia sin transformar el servicio. La inteligencia artificial en el sector público debe medirse por problemas resueltos: menos visitas, menos documentos repetidos y respuestas más claras. La innovación empieza cuando una institución deja de exhibir tecnología y comienza a devolverle tiempo a la gente.

Una pantalla nueva no arregla un procedimiento absurdo

Pedir que una persona escanee un documento, lo cargue en una plataforma y luego entregue la misma copia impresa puede trasladar trabajo al usuario sin reducir la carga total. Cambió el canal, pero permaneció la fricción. La pregunta de gestión debería ser qué requisito resulta necesario y cómo comprobarlo con el menor esfuerzo legítimamente posible.

Mi postura es que ningún proyecto de IA pública debería aprobarse únicamente por su capacidad de demostrar una función llamativa. Necesita un problema definido, una población usuaria concreta y un indicador de mejora. El ciudadano no está obligado a admirar la arquitectura del sistema. Necesita entender qué debe hacer, cuánto demorará y quién responde.

La oportunidad existe, pero también las condiciones

La OCDE identifica oportunidades para aplicar IA a funciones gubernamentales y advierte sobre obstáculos como capacidades insuficientes, sistemas heredados, limitaciones de datos y exigencias de privacidad y transparencia. Su informe de 2025 ayuda a situar la conversación: incorporar tecnología requiere desarrollar condiciones institucionales para utilizarla de manera confiable. Fuente: OCDE.

Eso obliga a mirar más allá de la compra inicial. Si una entidad no sabe qué versión de un procedimiento está vigente, un asistente puede reproducir información contradictoria con gran rapidez. La base documental necesita responsables, actualización y trazabilidad. Un buscador inteligente sobre archivos desordenados no reemplaza la gestión del conocimiento institucional.

Dónde comenzaría una automatización pública útil

Empezaría por tareas administrativas frecuentes y delimitadas: clasificar solicitudes para revisión, detectar campos incompletos, recordar plazos internos o preparar borradores a partir de formatos aprobados. También evaluaría asistentes que permitan al personal consultar documentación autorizada con referencias verificables. La prioridad sería reducir fricción sin delegar decisiones sensibles a un sistema opaco.

En una empresa pública de servicios, por ejemplo, podría organizarse la recepción de reclamos para evitar duplicidades y dirigir cada caso al equipo correspondiente. En una entidad administrativa, podría reducirse el tiempo dedicado a ubicar expedientes o consolidar reportes. Son posibilidades de diseño, no afirmaciones sobre implementaciones existentes ni garantías de resultados.

Antes de elegir IA, comprobaría si basta con integrar sistemas, ordenar formularios o eliminar pasos redundantes conforme al marco aplicable. Automatizar una validación sencilla mediante reglas claras puede ser más adecuado que pedirle a un modelo que interprete cada caso. El objetivo es resolver bien; la herramienta debe justificarse por su utilidad.

Ahorrar horas no significa haber reducido el presupuesto

Supongamos que una unidad procesa mil solicitudes mensuales y reduce cinco minutos de trabajo administrativo por solicitud. La capacidad recuperada equivale a cinco mil minutos, unas ochenta y tres horas mensuales. Este cálculo es hipotético y excluye cualquier ahorro no demostrado. Para estimar el beneficio neto habría que descontar revisión, mantenimiento y gestión de errores.

Las horas liberadas pueden destinarse a atender expedientes acumulados o acompañar casos complejos. Eso representa una mejora potencial del servicio. No equivale automáticamente a dinero disponible en el presupuesto. Confundir capacidad recuperada con ahorro fiscal convierte una propuesta razonable en una promesa difícil de sostener ante quienes deben financiarla y supervisarla — la misma disciplina que conviene aplicar al medir la productividad con IA en cualquier organización, pública o privada.

El servidor público debe participar desde el diagnóstico

Quien atiende diariamente conoce excepciones que rara vez aparecen en una presentación. Sabe qué información llega incompleta, qué consulta se repite y dónde se detiene un expediente. Excluir a ese personal del diseño puede producir una solución elegante que falla en la primera semana. Escucharlo también permite identificar tareas que deberían dejar de duplicarse.

La capacitación debe conectarse con situaciones reales del puesto. No basta una charla general sobre el futuro de la inteligencia artificial. El equipo necesita practicar cómo comprobar una respuesta, cuándo escalar una excepción y cómo continuar si el sistema deja de funcionar. La continuidad del servicio forma parte del diseño, no de los detalles finales.

La atención digital no debe convertirse en otra barrera

Un servicio público debe considerar a quienes tienen conectividad limitada, dificultades de lectura o poca familiaridad tecnológica. La simplificación pierde sentido si exige habilidades que una parte de los usuarios no tiene. Mantener rutas de atención asistida y explicar los pasos con lenguaje claro permite que la mejora tecnológica no dependa exclusivamente de la autonomía digital.

Cuando una respuesta pueda afectar derechos o acceso a servicios, debe existir una vía clara de revisión y una persona responsable. También conviene informar cuándo se está interactuando con un sistema automático. La propuesta de gestión es sencilla: usar tecnología para asistir, ordenar y orientar, preservando controles proporcionales a las consecuencias de un error.

Cómo evaluar un piloto sin vender humo institucional

Elegiría un servicio acotado y mediría su situación inicial: tiempo de atención, visitas necesarias, expedientes devueltos y consultas repetidas. Después probaría la mejora con un grupo limitado, registrando incidentes y comparando casos equivalentes. Si el proceso acelera una etapa pero traslada demoras a otra oficina, el resultado debe mostrarlo.

La decisión de ampliar dependería de evidencia: reducción del tiempo total, calidad mantenida, accesibilidad y costos sostenibles. Un proyecto que necesita correcciones permanentes o depende de una sola persona todavía requiere trabajo. La mejor comunicación institucional comienza con una mejora verificable. Primero se resuelve el problema; después se cuenta con claridad qué cambió para el ciudadano.

También publicaría una explicación comprensible del piloto: qué problema aborda, qué información utiliza y cómo reportar dificultades. Escuchar a usuarios durante la prueba ayuda a descubrir obstáculos que los indicadores internos pueden ocultar. Una experiencia sencilla para la oficina no siempre resulta sencilla para quien necesita completar el trámite.

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Sobre el autor

Jorge Rojas Orrillo es CEO de Strategia PERÚ y profesional de marketing, comunicación estratégica e inteligencia artificial aplicada. En este espacio comparte análisis y propuestas para mejorar la productividad, fortalecer la reputación y orientar la automatización hacia resultados en empresas e instituciones públicas.